SEROTONINA

“Nosotros somos prisioneros también

Y en ciertas noches la vida

Se reduce a una sucesión de cosas

Cuya entera presencia

Define el marco de nuestra decadencia

Les fija un límite, un desarrollo y un sentido.”

(Michel Houllebecq).

I. Hay un pacto entre la noche.  Busca lidiar con los átomos, con  la levedad y la nada. Así va amaneciendo hasta que se pone el sol, la serotonina obliga a abrir los ojos. Obliga a tener un pacto con las horas más lejanas, para que el universo mientras tanto, conspire.

II. La niebla de la mañana trae palabras.  Algunas se quedan observando,  y tengo la sensación de que la poesía me abandona.  Juega conmigo.  La tierra está seca y mi verbo se constriñe. No hay momentos donde expulsar de la boca o de las manos. El hielo no impide que la palabra alumbre.  La lluvia es un devenir de verbos en las ventanas. Me crece la impaciencia.

III. Observo el tic tac. Éramos conscientes del reloj. De las paredes con mensajes clandestinos.  Éramos conscientes que todo es consecuencia y tal vez causa. El tiempo nos afecta.  Vivimos demasiado tiempo. Las sensaciones escapan de los sentidos y se amuerman en las manos; cuando corren detrás de los hechos, como alimañas queriendo atraparlos.

IV. Me he arrastrado en profundidades que ya son carne consumada. Todo se muestra en el interior de una botella. Solo los pájaros observan. Lo que crece dentro de una boca, es la sal que quema los dientes, convertidos en pretéritos enamorados de la luna y de su amiga menguante. Crece en la mitad de su locura, muere como la mantis después de eyacular sobre los besos.

V. Un día gritaré al profundo mar que desde las rocas;  hablaba  de esencias malditas. La sensación de ser una brizna de trigo solapada por el viento.

 Mis impresiones  se han quedado vacías y antiguas, moviéndose   entre lo  inmisericorde y  extraño.  Buscaré las ramas, los paisajes. La nieve  que es invierno.  Invierno que es frio, completo y distinto. Galoparé  entre sus fauces y evitaré las hojas del otoño: han invadido  la atmosfera de todo el  valle.

VI. Penetra en el cuarto de baño, háblale a tu espejo.  Nadie es capaz de ser más allá de una mediana. La mayor enfermedad del ser humano es no creer en sí mismo.  Sobre eso habría que prolongar las historias, habría que mitigar el dolor que otros han infundado.  El verso es una terapia. ¿Cuántos poetas abandonan el vodevil? El aplauso perfecto, mientras otros  no reconocen su egolatría, su narcisismo. La vida nunca se equivoca, la certeza siempre va por delante, de la duda.

VII. Son las dos. Otra vez. Las manecillas son terribles, aceptan que el instante es una burla, o se pasa del arco a la flecha con facilidad pasmosa. Como un torrente de lava que engulle la existencia a su paso. La madrugada se acerca, y no la temo. ¿Qué es temer? Algún juego que hemos inventado. Alguna  sólida teoría o profecía que intentamos  cubrir en las esquinas. Me estoy perdiendo entre tanto y tanto párrafo. Me estoy ahuecando los ojos,  el viaje en esta silla; el sueño que va venciendo.

VII.  No, no quiero.

                      ¿Me oyes?

                                   Deberías:

Oír cómo el deseo aprieta.

Oír cómo mi mano fenece.

Castiga, muerde, revienta.

VIII. Enero empezó a marchitarse hace un año, cuando el cansancio era una piedra en el alma. Cuando la causa  era  algo perpetuo y determinó la cueva oscura y lóbrega, metiendo en ella lo vulnerable.

IX.  Aquí estamos. Porque lo quiso la caricia.

X. Quiero atravesar las palabras detenidas, cuando los  girasoles atacan

la luz de las paredes.

Palabra tras palabra,  los hemisferios se ríen.

Huyen sórdidamente,  mientras el sol  afirma, a la espalda de todo

el laberinto y los agujeros negros:

«He matado. Soy culpable»-dice-.

Si el poeta rindiera

cuentas al tiempo, sería su aliado.

XI.  Decían que lo peor estaba por llegar, pero siempre estuvo secuestrada en un confinamiento, mientras los perros lamian las manos  y de repente, se hicieron de hierro.

 La providencia nos rescató de todos los disimulos tras la escalera, tras la ventana. Es imposible desterrar el virus que otorgó el privilegio de liberar, los demonios anclados en una cadena, en un hospicio; al que todos los humanos somos precursores, ninguna vacuna tiene la cura

XII. En tus manos, la cordura. Dentro de una caja de piel humana. De repente el roce exhala el último suspiro, y entonces llegamos a la locura.

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