HABÍA UNA VEZ UN CUENTO

 
Había una vez un pequeño cuento.
No tenía forma. Ni siquiera princesa.
Cuando se hizo mayor, durmió a las hadas.
Pasó el puente que lleva a las celosías,
y se encontró al guarda de los proverbios.
El guarda era negro como la luna eclipsada.
Era como la sangre cuando esta se escarcha.
Era tan débil como un ciempiés en la rama.
 
Le preguntó donde caminar hacia la montaña ardiente
que cubre el valle.
Le preguntó si era posible dormitar en las amapolas.
Le preguntó si la orquídea podría ser su amante.
Le preguntó si tenía nombre.
 
Este miró al frente como caían sus ojos,
dónde reposaba la lengua,
donde ocultaba el suburbio,
este miró a los lados de las celosías,
miró por encima de sus párpados,
y no encontraba de ningún modo
la definición exacta a la salida de río.
Se quedó erguido entre la encina,
el tronco de un olivo.
 
Había una vez un pequeño cuento.
No tenía forma. Ni siquiera princesa.
Cuando se hizo mayor, durmió a las hadas.
Pasó el puente que lleva a las celosías,
pasó la noche, como si no fuera nada.
Y se quedó pequeño, ligero,
casi como una alegoría.
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