RUNAS

Déjame. Déjame decir
fuego mortal.
Susurro helado en un ademán
o tus labios.
Déjame. Déjame sutil muerte
disfraz de anacoreta,
incandescente lluvia sigilosa y tórrida
entre los intervalos blancos,
como puños.
Déjame un amparo,
o quizás un siseante titubeo,
entre el mordaz ahínco
de irreverente promesa.
¡Oh si!
Mi dulce carmín,
luz de antorcha perfecta
en las formas,
Volcán entre los crueles remolinos,
una piel curtida entre sábanas, o mimbres,
o cielos perturbables,
ansias malditas.
Te alzaste como la muerte.
Ven. No ahora,
no luego, no mañana.
¡Ahora!
Que los infiernos
no me dejan comer las sobras de tu partida,
o de tu terquedad,
que arde como
la aurora, muerde como el costado.
Es perfecta la agonía en tus brazos.
Este estallido está supurando la palma de mi mano
como el pez que escurre de la boca,
como el postre antes de acabar,
como una embestida,
una macabra carta entre el bolsillo
y la cadera.
Muere temblor, suspiro inerte.
Déjame decir.
¡Déjame, déjame!

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